UNAS PALABRAS DE JUAN MANUEL SÁNCHEZ-VILLOLDO:
Equivocarse es algo que de verdad está grabado a fuego en el ADN de los seres humanos. Es una característica que hemos ido cultivando y engrandeciendo con el tiempo. Y nunca nos damos cuenta de que al Universo le sobra, si es que algo le sobra, precisamente eso: tiempo.
Este libro no pretende corregir ese error. Por el contrario: se recrea en él. No se trata de lo que el autor buscaba o pretendía contar, sino de la voluntad de unos personajes que, en un estudiado ejercicio de rebeldía, deciden que hemos abusado demasiado de ellos y se lanzan a la batalla final para terminar de amortajar y enterrar sus cadáveres, conjurar sus miedos y dar carpetazo a un asunto que ya ha costado muchas vidas. El papel, como el ADN, es ahora un territorio que hay que conquistar, dominar y vencer. Y solo después de que todo haya acabado podrán descansar los guerreros. Algunos para siempre y otros con un ojo siempre puesto en el horizonte, esa línea confusa que no nos dice si allí termina el mar o comienza el cielo. Ese puente que une las profundidades con la otra inmensidad, la que comienza cuando se termina el aire y donde la asfixia espera agazapada para abrazarte por primera y última vez.
Esos son los sitios en los que nunca nos fijamos cuando nos miramos el ombligo. Y ellos, siempre ellos, los que suspiran a gritos en la oscuridad, lo saben. Nosotros cometemos el error de dejarlos ir, pero ellos a su vez cometen el de regresar.
No encontrarás refugio ni en las llanuras abisales ni en el frío interestelar. El miedo es más ligero que el aire o más denso que el agua. Puede elegir.
Tú no.






